
Por Andrés Vallone – Analista y Consultor Político
La narrativa del libre mercado, tan promovida en los discursos oficiales, se enfrenta a una realidad
global donde las reglas del juego están lejos de ser equitativas. Mientras Argentina desmantela sus
mecanismos de protección industrial, otras naciones refuerzan activamente a sus empresas con
subsidios, financiamiento estatal y políticas estratégicas. El resultado es una competencia desigual que
pone en jaque a nuestras industrias clave.
El reciente caso de Techint es emblemático. La empresa argentina perdió una licitación de
aproximadamente US$203 millones para proveer caños en un gasoducto de 480 kilómetros frente a la
firma india Welspun, cuya oferta resultó cerca de un 40% más baja. Incluso tras reducir su propuesta a
unos US$280 millones, la brecha seguía siendo cercana al 25%. Más allá de la lectura coyuntural, el
dato expone un problema estructural: competir contra compañías respaldadas por esquemas de
financiamiento estatal y políticas industriales activas no es libre competencia, es competir en un terreno
inclinado.
En el plano digital, Mercado Libre —uno de los mayores casos de éxito empresarial de América
Latina— comienza a enfrentar una presión similar con el avance de la plataforma china Temu. Desde
su desembarco regional, el gigante asiático ha ganado usuarios con precios extremadamente bajos,
campañas agresivas y beneficios logísticos difíciles de igualar. Detrás de ese modelo existe una escala
productiva colosal y un ecosistema industrial sostenido durante décadas por planificación estatal. El
impacto potencial no es menor: el comercio electrónico argentino depende en gran medida de miles de
pymes que operan dentro de esta plataforma.
La paradoja es evidente. Mientras el debate local suele reducirse a “más mercado o más Estado”, las
principales potencias económicas aplican modelos híbridos. Estados Unidos protege sectores
sensibles mediante incentivos millonarios; la Unión Europea regula para evitar distorsiones
competitivas; India subsidia exportaciones estratégicas; y China articula empresas y Estado con una
lógica de expansión global. Pretender que las firmas argentinas prosperen sin herramientas
equivalentes no es una muestra de modernidad económica, sino de ingenuidad.
Argentina necesita abandonar los dogmatismos y construir una estrategia inteligente de desarrollo.
Abrirse al mundo no debe significar desproteger su entramado productivo. Sin financiamiento
competitivo, incentivos a la innovación y reglas que contemplen las asimetrías globales, el país corre el
riesgo de transformarse en un simple mercado de consumo para bienes y plataformas extranjeras. La
verdadera libertad económica no consiste en la ausencia del Estado, sino en su capacidad para
garantizar que el talento, la inversión y la producción nacional puedan competir de igual a igual.