Siempre, el paso de una elección, sea lo que sea que se vota, deja mucha tela para cortar, información por desmenuzar y balances que, según el ojo con el que se lo mire, pueden resultar positivos o negativos para unos y otros. Es deber entonces, de quienes tenemos la responsabilidad de volcar ese balance primero a un papel y luego tipearlo para que otros lo puedan leer, hacerlo con la mayor frialdad posible, esa que exige tener en cuenta todos los factores que pudieron influir en un resultado que, al menos en la previa, era inesperado, al menos en las diferencias que se terminó dando.

Cuando el pasado domingo empezaron a aparecer los primeros resultados de distintas mesas de localidades de nuestro departamento, ni propios ni extraños pueden negar que la primera sensación fue de sorpresa; un prácticamente innoto candidato, sin decir palabras y casi sin representación territorial por nuestros lares, vencía en su tierra a la mismísima Vicegobernadora; tierra además que tiene a un Senador Provincial y a una estructura que hace apenas dos años le ganaba la Intendencia al Justicialismo tras más de 3 décadas. Ganaba, además en Coronda, lugar de residencia de la Ministra de Desarrollo Social de la Provincia y una de las máximas referentes del Pullarismo, a quienes dejaron en tercer lugar. Ganaba en San Genaro y en varias de las Comunas más importantes en cuanto a caudal de votos, logrando así, un triunfo general en un Departamento, hoy prácticamente monopolizado por el oficialismo provincial, y dejando en tercer lugar al Justicialismo, fuerza que hasta no hace muchos años, gobernaba las 3 ciudades y el 80% de las comunas, y hoy sólo pudo ganar en 4 de ellas.

Claro está que, luego, cuando se observó la «oleada violeta» en la Provincia y en gran parte del país, quizás menguaron un poco las «responsabilidades caseras» de unos y otros en el resultado final, alguno hasta respiró con cierto alivio. No obstante, cualquier dirigente político y más aún si está en funciones, puede permitirse dejar pasar esto sin una reflexión hacia adentro y hacia afuera sobre lo ocurrido.

¿Puede escudarse Unidos detrás de la frase de que la gente le dijo que no al Kirchnerismo?

No, no puede. Porque estas elecciones, aún siendo nacionales, también medían el nivel de aceptación a la gestión provincial, y el resultado fue durísimo. En el 2023, este mismo grupo político llegó a la gobernación con el 58,40% de los votos, superando el millón de sufragios en toda la provincia, más de 30.000 en el Departamento San Jerónimo (un 61,27%). En dos años, el número de votos se redujo a apenas un poco más de 300 mil en todo el territorio Santafesino, no alcanzando el 20%. Y en nuestros pagos, donde se esperaba una victoria, Provincias Unidas terminó tercera, apenas superando los 10 mil votos, con un 26% del total.

No aceptar que esto también es una señal de alarma para la gestión, sería al menos imprudente, y repetiría uno de los mayores errores que se la achacan al Gobierno Pullaro; el de no escuchar o no ser receptivo a los reclamos. Hay tiempo? Sí, en política siempre hay tiempo, y lo bueno de estas elecciones intermedias es que son como el partido de ida de una final; si te va mal te permite corregir para dar vuelta el resultado, y si te va bien tenés que saber mantener la cautela de que el otro tiene una nueva oportunidad a la vuelta de la esquina; para ambos se requiere de un mismo factor; la humildad. La humildad del que gana para no pisotear al que perdió, y la del que perdió para no pensar que el responsable de la derrota es un tercero.

¿Errores? Seguramente, en el «hacia adentro» los puedan saber mejor, pero claro está que la rispidez con el empleado público y los jubilados en general pasaron factura, pero ojo que ni todos los empleados públicos de la provincia representan el caudal de votos perdidos. También, haya quizás entender, que no se lograron encontrar algunos equilibrios, siempre muy necesarios en política; el equilibrio entre la ausencia y la omnipresencia, entre la gestión de gobierno y la política electoral, entre la información y el avasallamiento mediático, entre armar alianzas electorales que luego se sostengan al momento de gobernar.

Como se dice en la jerga popular, es momento para el Gobierno Provincial de barajar y dar nuevo. Para eso, en primer lugar deberá dejar de festejar el 71% que no votó al Peronismo o al Kirchnerismo como ellos prefieren llamarlo; y tendrá que ocuparse del 82% que no acompañó su gestión. Ese podría ser un buen reinicio.

¿Puede el Peronismo hacerse el sorprendido por el resultado?

No. no puede. El Peronismo santafesino y departamental sabe, y si no lo sabe deberá escucharlo, que si en esta elección encontró una esperanza de «resurrección» fue mucho más por fallas ajenas que por aciertos propios. Quizás, de hecho, el principal acierto sea el de haber sumado al Movimiento lo que no dejó crecer internamente, una fuerza joven, que renovó algunas caras y trajo aires de que algo distinto podía escribirse. Pero detrás de esas caras y de esos aires, hubo más de lo mismo; figuritas que se repiten una y otra elección y que, ya se sabe, hace rato tocaron su techo y de ahí en más, sólo les resta bajar. Es cierto que el Peronismo necesita de todos, que no se puede dar el lujo de tirar a nadie por la ventana ni de ajustar el «peronómetro» a los obsecuentes de turno, pero también es cierto que cada uno deberá entender cuál es su mejor rol dentro del Movimiento y saber que si toca volver a ser soldado raso, hay que tener la humildad de hacerlo por la causa.

Sabe también el Peronismo que la foto de unidad, está llena de cuchillazos por todo el cuerpo; y lo peor es que ya no lo puede disimular. Por lo tanto, o se deja de internismos, pero se deja en serio, o seguirá poniendo cara de sorprendido ante cada derrota.

Sabe también el Peronismo que ya no cuenta con la estructura de hace una década, o la de dos. Y a la falta de estructura se la compensa con militancia, esa palabra que es sagrada para el Justicialismo, pero que parece irse adormeciendo en el tiempo; y no hablamos de la militancia de ir a poner carteles o repartir volantes en épocas de campañas, sino de la militancia diaria, esa que sirve para convencer o para persuadir como le gustaba decir al General, y también para generar representatividad y sentido de pertenencia, especialmente en esas estructuras que formaban la columna vertebral del partido y que hoy están cada vez más lejos de representar a los que dicen representar.

Volviendo a las comparaciones futbolísticas; el Peronismo de hoy es como un defensor a punto de su retiro; ya no lucha con la garra que luchaba, ya no es combativo, ya no defiende como defendía; sólo muestra los dientes para la tribuna pero saca el pie a la hora de ir a trabar fuerte.

Se viste para la fiesta (elecciones) con su mejor traje y pone su mejor cara, pero el traje ya pide cambio y las caras también. Lo han tironeado tanto que está desilachado, descolorido, lleno de manchas difíciles de lavar. Es hora de agarrar aguja e hilo y empezar de nuevo, de a poco, sabiendo que puede haber pinchazos en el camino, que innovar siempre puede tener algún que otro detractor pero que al final del recorrido, si está cosido con firmeza, puede volver a enamorar tanto a quienes se desencantaron como a aquellos que aún no lo vieron en su mejor versión.

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