Hay una frase que escuché durante años sin detenerme demasiado en ella: «la guerra es la política por otros medios». Hace poco descubrí su origen: la escribió Carl von Clausewitz, un militar prusiano de la era napoleónica, que luego de su muerte, sus escritos se compilaron en una obra llamada “De la Guerra”. Siempre la interpreté como que la guerra era el último recurso cuando fallaban las vías políticas. Sin embargo, lo que está ocurriendo hoy en Medio Oriente me obliga a revisitar esa lectura: quizás la guerra no es el último instrumento, sino simplemente uno más, que se activa cuando se lo considera oportuno.

Se preguntarán ¿Qué tiene que ver esto con Venezuela? Bastante. Mucho, en realidad. Debo aclarar que el título de esta entrega fue pensado antes de los acontecimientos recientes en Medio Oriente. Mi artículo anterior es de enero de 2026, y las acciones bélicas a las que me refiero comenzaron a fines de febrero. Lo que en un principio parecía otra bravuconada de Trump —o quizás alguna operación quirúrgica al estilo de la «extracción de Maduro» de Venezuela— derivó en una campaña militar de destrucción a distancia del poderío iraní, ejecutada en conjunto con Israel, aunque con objetivos que, a mi juicio, parecen distintos para cada uno de ellos. El de Israel estaría directamente enfocado en desactivar el poder de Irán y consolidarse en su región; y el de Estados Unidos cortar la provisión de energía a China; y todo ello, a costa de las monarquías del Golfo Pérsico, si fuera necesario.

El resultado todavía no está claro. Irán, a pesar de los continuos bombardeos, y del descabezamiento de distintas autoridades internas, no está derrotado: resiste y continúa atacando objetivos militares y económicos de sus adversarios en la región. Lo significativo es que hasta ahora no se le ha golpeado ni su infraestructura civil ni sus fuentes de ingreso energético. Si eso cambiara —si la escalada avanzara sobre esos dos frentes en Irán— las consecuencias para la región y para el mundo serían considerablemente más graves que las actuales, especialmente para los países dependientes del petróleo, el gas y los fertilizantes.

Volviendo a Clausewitz, en este caso, la opción militar no fue el último paso luego de agotar todas las vías. Fue una herramienta elegida en el momento considerado adecuado, a espaldas de supuestos aliados, e inclusive en contra de los intereses de muchos aliados. Y si la hipótesis de fondo es que Estados Unidos busca desarticular a Medio Oriente (especialmente a los países del Golfo) como principal proveedor mundial de energía —con el objetivo de golpear económicamente a China, entre otros actores— entonces la lógica se vuelve más legible: una escalada sostenida en Irán provocará más represalias (hay centrales nucleares en la región); y esa espiral podría terminar por interrumpir totalmente los flujos energéticos (y de otros tipos también) de toda la región hacia el mundo.

En ese escenario, lo ocurrido con Venezuela adquiere una coherencia que antes no era tan evidente. En efecto, mantener a Venezuela relativamente estable, con su régimen intacto y bajo una influencia manejable, le permite a Estados Unidos contar con un respaldo energético concreto: un “backup” petrolero disponible ante un eventual colapso de la oferta proveniente de Medio Oriente; y en dicho supuesto, sería una jugada de tablero a corto y mediano plazo, no un gesto humanitario ni un aporte al desarrollo regional de esa parte de Sudamérica.

Lo que está sucediendo —con Estados Unidos e Israel hoy, y con Rusia desde 2022— es el uso abierto del músculo militar para alcanzar objetivos económicos y políticos. Sin excusas, sin rodeos, sin deferencia por las instituciones internacionales, los tratados o las normas de convivencia entre naciones. Trump, de hecho, lo vocifera con orgullo y de manera impresentable. Es el regreso a un mundo sin tantos disfraces.

Esto no es exactamente nuevo en la historia, pero sí representa una ruptura con el orden que se intentó construir tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel orden —con todas sus hipocresías y contradicciones— tenía al menos valores declarados, y permitió encauzar los conflictos por vías pacíficas o negociadas, y evitar el uso de la fuerza en muchos casos. Los países más poderosos lo violaban, claro; pero nadie renegaba públicamente de esos valores. Al contrario, se buscaban mil justificaciones para demostrar que incluso las acciones más cuestionables respetaban algún principio. Esa tensión entre el discurso y la práctica dejaba, paradójicamente, un margen importante y hábil para que países menos poderosos -la mayoría- pudieran negociar, acordar y resolver conflictos dentro de ese marco. Ejemplos sobran, y Argentina participó en muchísimos. Hubo tratados de límites, ambientales, de zonas de complementación económica, inclusive referente a la guerra, y a las armas nucleares y también de otros tipos de armas. Lamentablemente, hoy ese marco está siendo abandonado no en silencio, sino en voz alta.

Imagen generada con IA.

Editorial del Dr. Jorge Horacio Colombo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *